Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa. Tengo la certeza de que a nuestro alrededor, muy cerca, existen un montón de iniciativas de personas que -como saben y pueden- tratan de construir un mundo mejor, más habitable y justo. Millones de personas haciendo buenas cosas en todo el planeta.
Lo se, lo he visto con mis propios ojos, he conocido muchas de esas experiencias colectivas (porque detrás de ellas siempre hay un grupo que se organiza, un colectivo de personas) en muchos lugares, en países distintos, en todas partes. Iniciativas que tejen conexiones y vínculos, redes invisibles, que empoderan (dan poder) a las gentes y construyen comunidad.
Esas iniciativas colectivas son radicalmente «humanas», están cargadas de limitaciones y contradicciones, de éxitos y fracasos, no son «experiencias redondas», perfectas, repletas de «productos», acabadas… Son procesos en construcción, dinámicos, cambiantes, con altos y bajos, fortalezas y debilidades, amenazas y oportunidades, éxitos y fracasos… Y ese es probablemente su principal interés: son un proceso vivo, dinámico, de cambio permanente y aprendizaje continuo.
El problema es que a menudo esas iniciativas se desenvuelven en los márgenes del sistema (dentro o fuera), con grupos de personas -como protagonistas o/y destinatarias- «no normativas», no productivas, no consumidoras, vulnerables, pobres… y eso no «vende», carece de «glamour», no es noticia, ni atrae el interés de los medios de masas ni de los políticos. El «foco» se pone en otros lugares.
Por eso, una gran parte de esas experiencias son «invisibles», no se encuentran a no ser que se busquen expresamente. Tal vez, su invisibilidad tiene que ver con la «falta de valor» que se les atribuye, «no cuentan», no forman parte del relato público. Y eso contribuye a que -en muchas personas que las desconocen- la visión de la realidad actual sea sesgada, triste, derrotista, desesperanzadora, deprimente… Solo es visible «lo chungo». Y el desánimo cunde.
Pero esa realidad «paralela» e invisible existe, y si fuéramos capaces de «verlas», de escuchar a esas iniciativas y experiencias, de re-conocerlas (en todos los sentidos de la palabra), de compartirlas y difundirlas, no solo contribuirían a mejorar el estado de «ánimo social», sino que además servirían para «inspirar» nuevas acciones, para aprender unas de otras, para facilitar sinergias y colaboraciones, para impulsar el apoyo mutuo… Y para muchas otras cosas que harían demasiado largo este texto.
Por esas razones, creo de la mayor importancia que multipliquemos los esfuerzos personales y colectivos para descubrir y hacer visibles las iniciativas y experiencias colectivas -formales o informales- en nuestro entorno próximo y en todo el planeta, porque son la prueba de que existen otros valores, otras actitudes y comportamientos sociales, otras personas y colectivos que YA están transformando el mundo.
(La foto es de mi amigo Cesar González)


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