En estos días oscuros me vuelvo a acordar de Paulo Freire cuando decía que es preciso denunciar la realidad injusta, pero que la sola denuncia sirve de poco si no va acompañada del anuncio de otra realidad posible. Saul Alinsky también decía que cuando la gente común enfrentamos un problema que -aparentemente- no tiene solución, tendemos a negarlo, a no hacer nada para resolverlo.
Y sin embargo, sabemos del poder movilizador de las utopías, nos lo contó Eduardo Galeano: ellas son las que nos hacen avanzar hacia el horizonte.
Necesitamos nuevas utopías por razones de supervivencia, porque en medio de la explosión del desorden global que vivimos, en plena crisis climática, con todas las viejas certezas patas arriba… no cabe abandonarse al fatalismo, a la desesperanza. Sería suicida y supondría aceptar una mentira más del sistema: que no existe alternativa a lo que hay.
Las ancestras y ancestros ya nos avisaron de las mentiras de los más poderosos. Con sus luchas, nos hicieron ver que la realidad desigual e injusta que domina el mundo no lo es por «ley natural», ni por «voluntad de los dioses», sino el resultado de la acción de hombres y mujeres, quienes del mismo modo podemos cambiarla. Pero, para ello, necesitamos la esperanza y los sueños, las utopías.
Necesitamos construir -«soñar», diría Freire- utopías, horizontes de vida, personal y colectiva, capaces de despertar la ilusión, contagiar a muchas personas y ponernos en marcha para llegar lo más cerca posible de ese sueño.
Las utopías que necesitamos deben ser construidas colectivamente, incorporando todas las voces posibles, haciendo de la diversidad una fortaleza, para que las sintamos nuestras, de todas y todos.
Las utopías que necesitamos deben referirse a la vida, a las necesidades vitales de las personas y las comunidades. Y han de ser fáciles de entender y compartir, tienen que ser posibles de alcanzar, porque de otra manera generarán desánimo y frustración. Serán más o menos pequeñas y concretas, según cada realidad, cada contexto, pero la suma de ellas compondrá un gran sueño compartido.
Tanto las utopías soñadas como los caminos para llegar a ellas han de atreverse a probar formas diferentes de pensar y hacer. Es imposible construir cestos nuevos con mimbres viejos. Tendremos que romper viejos marcos mentales, cuestionar viejas metodologías y técnicas, probar nuevas formas de hacernos preguntas y buscar respuestas. No por un afán esnob de lo nuevo, sino porque las mismas viejas preguntas y las mismas viejas formas de abordarlas solo pueden conducirnos a los mismos viejos resultados.
Hemos de darnos tiempo para soñar las utopías, que nunca será «tiempo perdido» sino tiempo ganado, porque las prisas y la aceleración del presente solo sirven a lo viejo, al capitalismo depredador y decrépito. Darnos tiempo para compartir los sueños y construir colectivamente las utopías es una forma poderosa de resistencia.


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