Apuntes para la Participasión

Comunidad, Participación y Ciudadanía


¿Hacer la revolución o bailar?

«¿Están las militancias atrapadas en el tornado individualizante y paralizador del no me da la vida, la falta de compromiso, ilusión y apuesta comunitaria?». Charlie Moya inicia así su artículo «Indispuestas. Cuando nadie quiere poner la vida en ello«, que refleja -en mi opinión- una realidad extendida en el conjunto de los movimientos sociales.

Comparto el diagnóstico, que resume: «Nadie quiere poner su vida en el centro de los movimientos sociales ni de lucha alguna. Nadie quiere asumir el riesgo que supone una implicación total en el hacer político comunitario».

Las causas de esta «deserción social» parecen ser un complejo conjunto de factores del mundo y el tiempo que vivimos, en el que, como anticipó Eduardo Galeano, todo está «Patas Arriba«, incluidas la participación social y las formas de organizarnos y luchar por los derechos humanos. No podría ser de otra forma: en la crisis civilizatoria, en la era del cambio o el cambio de era, no se salvan los movimientos y organizaciones ciudadanas, también están en crisis.

Sin embargo, Charlie Moya señala el riesgo de que «las militancias se estén convirtiendo en formas anecdóticas o puramente lúdicas» y dice que «no tiene sentido que los colectivos estén cada vez más en la fiesta como protesta sin ofrecer nada más. Queremos bailar, pero queremos revolución«.

Y esa alusión al baile y a la fiesta resuena con quienes critican por falta de «seriedad» las metodologías participativas -propias de la Educación Popular, la Animación Sociocultural o el Desarrollo Comunitario- aplicadas a la acción social y política. La de quienes piensan, desde posiciones de izquierda y revolucionarias, que «la participación está sobrevalorada» y se pierde mucho tiempo en ella. La de quienes buscan «resultados» como sea, aunque implique manipular a las personas, o saltarse los «procesos» necesarios. La de quienes no pueden pararse a pensar, porque «no hay tiempo«. La de quienes añoran viejas formas de liderazgo, militancia, disciplina, sacrificio… («antes si que había compromiso e implicación«, llevo oyendo 40 años).

En los movimientos sociales y los partidos políticos existen -junto a los excesos «ludistas» y «participacionistas» de otros- muchas resistencias nostálgicas de quienes creen que «cualquier tiempo pasado fue mejor«.

Lo que sorprende es que no se diga nada de como vamos a revertir la atonía social y la individualización, como vamos a convencer a quienes aborrecen de las viejas formas organizativas y de participación de los movimientos y los partidos, para que vuelvan a repetir los mismos errores que les expulsaron a sus casas.

Para que cambien las organizaciones hemos de cambiar las personas que las formamos, pero -si de verdad queremos cambiar- no sabemos cómo hacerlo. Cuando intentamos «innovar«, a menudo acabamos reproduciendo viejos vicios y modelos fallidos, porque están bien incrustados en nuestros patriarcales marcos mentales. Muchos militantes y activistas piensan incluso que esa deserción social no es problema ni responsabilidad de las organizaciones y los movimientos, que la que tendría que cambiar es la gente de la calle y su percepción. Pero no nos dicen cómo, ¿por un milagro?

El cambio y fortalecimiento organizativo de los movimientos no puede ser «voluntarista» (aunque necesitemos la voluntad y el compromiso), no basta con «echarle guevos u ovarios«. Faltan aprendizajes personales y colectivos, una pedagogía de la colaboración y el apoyo mutuo de la que carecemos.

Cuando se oponen «revolución» y «baile» -haciendo que se remueva en su tumba Emma Goldman- como si fueran antagonistas, como si uno negara al otro o lo hiciera imposible, parece que se nos obliga a elegir entre la banalidad y la impotencia, la inmolación y la evasión.

No estoy de acuerdo. Creo que es posible, y hay que intentarlo: hacer que el «baile» también nos lleve a la «revolución» y la «revolución» nos lleve al «baile«. Porque la participación en los procesos comunitarios y revolucionarios solo se puede sostener -al menos en esta tercera década del siglo XXI- si es «satisfactoria» para quienes la practican, si hace que nos sintamos bien, o en todo caso, sentirnos mejor que solas y metidas en nuestras casas.

La satisfacción (que alimenta la motivación) está hecha de esfuerzo pero también de cuidados, de compromiso pero también de celebración, de vínculos y afectos sin los cuales la acción colectiva no es posible, de apoyo mutuo y aprendizaje, de crecimiento personal, de sentido y razón de ser…

(Acabo de ver el documental «Rebellión«, sobre el origen del movimiento Extinción-Rebelión, que plantea muchos ejemplos de las cosas que aquí cuento).



Deja un comentario

15M Apoyo mutuo Archipiélagos Asociacionismo Autogestión Bitácora Cambio Ciudadanía Colapso Creatividad Crisis Económica Cuidados Cultura Debate OOSS Decrecimiento Democracia Participativa Desarrollo Comunitario Desarrollo Organizacional Dinámicas Colaborativas Educación para la Participación Educación Popular Elecciones Experiencias Futuro Herramientas Igualdad de Género Innovación Social Izquierdas Liderazgo Metodologías Colaborativas Movimientos Sociales Municipalismo Organizaciones Solidarias Otro Mundo Es Posible Participacion Juvenil Participación Ciudadana Participación Social Partidos Políticos Poder Popular Prácticas Colaborativas Resistencia Sankofa TIC Trabajo en Red Voluntariado

SUSCRIBETE

Recibirás un mensaje cuando haya alguna nueva publicación