Leonila Vázquez cuenta que en el año 1995, ella y tres mujeres más -Rosa, Norma y Bernarda- se organizaron para prestar ayuda, agua y alimento, a los migrantes hacia los EEUU que pasaban por su pueblo, Amatlán de los Reyes, subidos en los trenes de carga conocidos como La Bestia. Así nacieron «Las Patronas de Veracruz«
La historia grande y pequeña nos dice que en todo tiempo y lugar siempre hubo hombres y mujeres que cultivaron en sus corazones el sueño de otra vida mejor y junto con otras personas hicieron lo que estuvo en su mano para hacer realidad esos sueños. No cabe duda de que cambiaron el mundo, que hubiera sido mucho más oscuro sin ellas.
La mayoría de sus luchas fueron pequeñas y humildes, en su territorio más inmediato, y no llegaron a los libros de historia o a los medios de comunicación, pero otras se extendieron como un incendio en una pradera seca y cambiaron grandes cosas en lugares muy distintos, por todo el mundo. Cambiaron el futuro.
Muchos de sus nombres se perdieron, se olvidaron con el tiempo, aunque otros perduraron de boca en boca, de relato en relato en torno al fuego, para ejemplo y memoria de todas, para demostrar que es posible soñar y construir los sueños.
Pero aquellas personas no buscaban fama o poder y en muchos casos perdieron su vida incluso. Hicieron lo que hicieron porque no se conformaron con la injusticia, la opresión, la explotación, la exclusión… y se atrevieron a soñar -pese a todas las voces que a su alrededor les decían que era inútil- con otra vida posible. Y, lo que es todavía más importante y menos común, no se limitaron a soñar sino que se pusieron manos a la obra, junto con otras soñadoras, a hacer realidad sus sueños.
Creo, con algo más profundo que la pura convicción histórica, que las vidas de todas esas personas, miles y miles en todo el mundo, famosas y anónimas, están unidas a lo largo del tiempo y el espacio por un hilo invisible que las conecta y vincula.
Son parte de una tribu secreta -a veces incluso para quienes la forman y no lo saben- de la que se vale la vida y la humanidad para mejorar, para desarrollarse, para dar pasos decisivos en nuestra evolución.
Cuando nos quejamos de la atonía social, de la falta de participación social y compromiso frente a los retos que nos plantea el presente y el futuro, no deberíamos ceder al desánimo, ni autoconvencernos de que somos pocas y estamos solas.
No es verdad, somos cientos de miles, millones en todo el mundo. Somos los hijos y las hijas, los nietos y nietas de quienes lucharon para construir sus sueños. Nos corresponde, aquí y ahora, escuchar la memoria ancestral de la tribu, soñar en otro futuro mejor y ponernos a construirlo juntas.
Y, cuando no estemos aquí, habrá otras personas que tomarán el relevo y continuarán el camino, soñando y uniéndose para construir sus sueños.


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