Antón Makárenko fue un pedagogo ucraniano que, tras la Revolución Rusa, se dedicó a la educación de niños y adolescentes huérfanos y problemáticos fundando la Colonia Gorki, en la que escribió su «Poema Pedagógico», donde se empleaban métodos basados en la interdependencia, la colectividad, la experiencia y el trabajo grupal… Una de sus máximas decía: «el cariño crea nuevas personas y crea los mayores valores humanos.»
Cuando recordamos a los miles de personas que forman y han formado parte a lo largo de la historia de la tribu secreta de «Constructoras de Sueños», hay una constante que se repite entre sus características más destacadas: la bondad.
En estos tiempos oscuros, en los que la bondad es denostada por «ingenua«, «naif«, «buenista«… resulta llamativo que quienes luchan y han luchado por mejorar la vida y cambiar el mundo, compartan este rasgo común.
Y no quiero decir con esto que sean personas «santas«, que carezcan de defectos, que siempre sean coherentes, que no cometan errores… No son «superhéroes y superheroínas«, por el contrario son personas «normales«, tan frágiles y tan fuertes, tan contradictorias como tu y como yo, a quienes les mueve la empatía y la solidaridad hacia otras personas, el deseo de contribuir a que la vida mejore para todas… y se ponen a ello.
A menudo en la historia, ese primer impulso solidario se contagia a otras personas cercanas, porque las constructoras de sueños suelen ser también tejedoras de comunidades, trenzando vínculos, creando grupos y redes que extienden y multiplican el impacto.
A veces, el impulso es fugaz y dura lo que le dejan las circunstancias o mientras persiste la necesidad o el problema. Pero, en otras ocasiones perdura en el tiempo, se organiza, se convierte en movimiento social, se expande por todo el planeta.
Muchas de esas constructoras de sueños se van de este mundo sin saber que su acción lo cambió. Piensan que no lograron alcanzar su sueño, o incluso creen que su esfuerzo no sirvió para nada. Pero se equivocan: su huella fue semilla en otros corazones, en otras personas, generando nuevos sueños, nuevos impulsos que continúan transformando el mundo, aquí y ahora.
Y todo ello tiene su punto de partida en la bondad. Así de poderosa es. Tal vez por ello tiene tan mala fama, porque cuestiona todos los valores del sistema capitalista en que vivimos: la competencia, el individualismo, la acumulación a costa de la escasez del otro…
La bondad puede convertirse fácilmente en una formidable fuerza de cambio social, y eso la hace peligrosa y aconseja desacreditarla, calificarla de «ñoña«, «blandengue«, tonta, anticuada, infantil… Para que lo que es una fortaleza parezca una debilidad.
Solamente por eso, para que no nos roben el poder de la bondad, debemos reivindicarla, respetarla, admirarla, difundirla, promoverla, practicarla…


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