Llevo 3 meses sin compartir en este blog, aturdido, atónito, perplejo -como la mayoría de la gente con la que me relaciono- ante la explosión del desorden que, sin darnos un respiro, se sucede vertiginosamente en nuestras pantallas.
El mundo cambia muy deprisa ante nuestros ojos, y se diría que en muchos aspectos está involucionando, retrocediendo en la senda de los derechos humanos, la igualdad y la libertad. La revolución tecnológica (que parecen haber ganado los más ricos) junto a la crisis climática y el agotamiento de los recursos llenan el horizonte de incertidumbre.
Crece el miedo (que sirve a los intereses de los más ricos) y los nuevos fascismos con él.
Conviene que, cuanto antes, caigamos en la cuenta de que solo tenemos una alternativa: o nos ponemos a construir otro mundo posible, diferente al que pretenden imponernos… o estamos bien, pero que bien jodidos, como especie y como personas.
Pero, aunque queramos hacerlo, tenemos un problema a la hora de imaginar y construir ese otro mundo que necesitamos. Y es que estamos abducidos por el sistema, atrapados en la maraña de sus algoritmos, sus valores han colonizado nuestras mentes, somos fieles y sumisos consumidores… y no sabemos cómo salir de ahí.
El patriarcado, el capitalismo, el consumismo… están tan arraigados en nuestras cabezas, que no basta con decir «no«, «no quiero«, porque -más allá de los discursos bienintencionados- tendemos automáticamente a repetir las mismas respuestas condicionadas, como los perros de Paulov.
Para aprender a soñar y a vivir de otra manera necesitamos desaprender primero. Desaprender a consumir compulsivamente, desaprender el machismo, desaprender la ansiedad y la prisa, la falta de escucha, el ruido permanente, desaprender la individualización, la competencia mutua, el miedo al otro, al diferente, el racismo… Desaprender los valores y actitudes que el patriarcado y el capitalismo han grabado a fuego en nuestras cabezas.
Ese desaprendizaje no es nada fácil, es una tarea «interior», personal e intransferible, que ha de hacer cada una y cada uno. No se puede imponer. Precisa de una auto-observación constante de nuestras formas cotidianas de pensar, decir y actuar para hacernos conscientes de los «automatismos» y cambiar nuestras conductas.
Un desaprendizaje que exige intencionalidad y esfuerzo personal para buscar o provocar momentos «subversivos«, ocasiones para el encuentro, el diálogo, los afectos, los vínculos… para construir comunidad allí donde nos quieren divididos, para practicar otras formas -no mercantiles- de compartir saberes, de aprender, crear y disfrutar juntas.
Pero, primero que nada, el desaprendizaje requiere escucha -allí donde reina el ruido- y, por tanto, silencio.


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